El infinito
En la cima de una montaña nevada, hay una cabaña muy tibia y acogedora donde vive un escritor. Duerme de día y escribe de noche. Y no hace eso porque le molesta el día, lo hace porque no puede imaginar el día en el día, porque el día está allí en el día, embarrado en su cara. En cambio, en las noches, imagina el día y le parece más bello desde esa(su imaginación) que de aquella(la realidad).
Este hombre ha escrito tanto que no hay un hombre vivo que pueda leer todo lo que ha escrito. No es un hombre común, es más bien la idea de un hombre. Y las ideas, como sabemos(gracias a Platón), se encuentran en otro mundo. El mundo de las ideas.
Yo conocí a este hombre un día, y él me dijo que como nadie podía leer la totalidad de sus obras, había decidido dejar de escribir. Yo le dije que eso no importaba, que debía seguir escribiendo hasta que ni las ideas mismas fueran capaces(en su vida) de leer la totalidad de sus obras.
Él me dijo que era una muy buena idea intentar hacer eso. Le contesté que yo lo había leído en uno de sus libros, entonces fue cuando la recordó. Vino hacia mí, me abrazó y lloró. Dijo: "Ella, la idea. La idea ideal." Le vi contraer la cara, y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. "No sabes cómo la extraño. Algún día la volveré a encontrar entre mis ideas."
Cuando dijo eso yo lloré. Y me preguntó que por qué lloraba, le dije que esa idea había muerto. Que ya nunca la podría encontrar.
Se enojó tanto el hombre ideal que me sacó a patadas de su cabaña. Y ese día morí congelado. Lo sé porque estás leyendo esto. Lo escribí al tocar la nieve en mi zapato.
Este hombre ha escrito tanto que no hay un hombre vivo que pueda leer todo lo que ha escrito. No es un hombre común, es más bien la idea de un hombre. Y las ideas, como sabemos(gracias a Platón), se encuentran en otro mundo. El mundo de las ideas.
Yo conocí a este hombre un día, y él me dijo que como nadie podía leer la totalidad de sus obras, había decidido dejar de escribir. Yo le dije que eso no importaba, que debía seguir escribiendo hasta que ni las ideas mismas fueran capaces(en su vida) de leer la totalidad de sus obras.
Él me dijo que era una muy buena idea intentar hacer eso. Le contesté que yo lo había leído en uno de sus libros, entonces fue cuando la recordó. Vino hacia mí, me abrazó y lloró. Dijo: "Ella, la idea. La idea ideal." Le vi contraer la cara, y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. "No sabes cómo la extraño. Algún día la volveré a encontrar entre mis ideas."
Cuando dijo eso yo lloré. Y me preguntó que por qué lloraba, le dije que esa idea había muerto. Que ya nunca la podría encontrar.
Se enojó tanto el hombre ideal que me sacó a patadas de su cabaña. Y ese día morí congelado. Lo sé porque estás leyendo esto. Lo escribí al tocar la nieve en mi zapato.

1 Comments:
Yo ya me siento muerto a causa de la muerte de la idea ideal. Ha de ser mi pesimismo pero yo siento que la idea ideal nació ya muerta. Lo trajeron de brazos un rato, al pobrecillo cadáver, se lo presumían a los demás, lo bautizaron, etc. Un día alguien se percató de que siempre había estado muerta (al curpecillo lo empezaron a rondar las moscas). Finalmente alguien llegó, lo tiró a la basura. El cadáver se perdió para siempre cuando un camión recolector se lo llevó con el resto de los desperdicios.
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