La mierda valiosa
Quisiera saber la razón por la que muchos, al toparse con una historia, desean la resolución al instante. En lugar de escrutar las palabras, de sentir cada pensamiento y pensar cada sentimiento, ven las letras como obstáculos, ésos que les impiden llegar al punto final, ése que indica que de una vez por todas pueden descansar. Si con tanta vehemencia anhelan llegar al punto, ¿por qué no simplemente dibujan puros puntos para así llenar su deseo de concluir? Si tanta es su necesidad, o necedad, de llegar al meollo del asunto, ¿por qué no en lugar de empezar, acaban?
Sé que cuando comienzan algo, una tremenda desesperación les inyecta con su pequeño aguijón abstracto, dándoles la comezón que se quita solamente llegando al final; pero, ¿por qué no disfrutar de cada momento? Todos los instantes se consumen, y es mejor que lo hagan satisfechos y no acompañados por el impulso antes mencionado. Al leer una palabra, la acción de interpretarla termina y no regresa jamás: nos toma el mismo tiempo leerla bien que mal. Si ya nos hemos tomado la molestia de lanzar la mirada hacia lo escrito, ¿por qué no tratar de comprenderlo con paciencia?
Es una lógica ilógica querer terminar lo apenas comenzado sólo por querer terminar, ya que debió haber una razón más poderosa que nos llevó a comenzar. Y tal vez lo sea también querer disfrutar algo indisfrutable; pero eso ya sería entrar en subjetivismos inalterables por terceros, sólo la primera persona es capaz de transformar el aburrimiento en placer, poniéndose en un distinto estado mental.
El propósito de este escrito no es el de levantar una queja hacia todos los individuos que sólo se preocupan por lo antes mencionado, sino para informarle a aquellos que saben exprimirle el jugo a cada letra que no se dejen persuadir por los demás. Y así paso a contarles la desgraciada situación en la que hace pocos meses me encontraba. Fue cuando comprendí que de todas las cosas que me pude haber rodeado, lo hice de mierda.
La muerte me cuestionó primero por la importancia de mis actos, aunque debí haberla cuestionado desde un principio para escrutar y desentrañar cuáles cosas verdaderamente convenían, como escuchar un concierto de Beethoven mientras miraba la pintura del casi ciego que por un ojo no ve los colores pero por el otro sí, por eso sus pinturas tienen sólo unos pocos elementos coloridos, lo demás es todo blanco y negro con sus diferentes tonos de gris. Eso interesa, pero sólo en momentos, porque en otros era completamente absurdo y por eso ahora me pregunto si la muerte tiene el mismo peso sobre una porción de tiempo que sobre otra, y me doy cuenta de que no estoy del todo seguro.
Él murió y nunca platicó con su muerte, no el pintor, sino mi amigo. Lo sé porque me lo dijo: “Más vale olvidar la muerte y vivir la vida completita hasta que termine por medios inevitables sin dudar jamás de lo que se hace en el presente, porque si algo se hace es porque hay razón suficiente para que se esté haciendo.” Yo no le quise creer, sería como aceptar que las cosas existen y no existen a la vez. Lo que es, es; lo que no es, no es. Y así de simple pero complicada es la cosa, porque como vivimos, moriremos; como moriremos, vivimos.
No fue un destello de sabiduría, tuve que batallar contra mi propia razón, mis creencias más profundas y demás misterios abstractos que yacen, pesados, en mi mente, para llegar a la conclusión final, ésa que me dice que aquí, a mí alrededor, no hay otra cosa más que mierda, y que yo me obligaba a verla como oro, sin necesidad de alquimista alguno, mis ojos actúaban como un filtro y llevaban a cabo la transformación. La magía que durante tantos años buscaron antiguamente se hallaba ahí, en la interpretación.
Sé que cuando comienzan algo, una tremenda desesperación les inyecta con su pequeño aguijón abstracto, dándoles la comezón que se quita solamente llegando al final; pero, ¿por qué no disfrutar de cada momento? Todos los instantes se consumen, y es mejor que lo hagan satisfechos y no acompañados por el impulso antes mencionado. Al leer una palabra, la acción de interpretarla termina y no regresa jamás: nos toma el mismo tiempo leerla bien que mal. Si ya nos hemos tomado la molestia de lanzar la mirada hacia lo escrito, ¿por qué no tratar de comprenderlo con paciencia?
Es una lógica ilógica querer terminar lo apenas comenzado sólo por querer terminar, ya que debió haber una razón más poderosa que nos llevó a comenzar. Y tal vez lo sea también querer disfrutar algo indisfrutable; pero eso ya sería entrar en subjetivismos inalterables por terceros, sólo la primera persona es capaz de transformar el aburrimiento en placer, poniéndose en un distinto estado mental.
El propósito de este escrito no es el de levantar una queja hacia todos los individuos que sólo se preocupan por lo antes mencionado, sino para informarle a aquellos que saben exprimirle el jugo a cada letra que no se dejen persuadir por los demás. Y así paso a contarles la desgraciada situación en la que hace pocos meses me encontraba. Fue cuando comprendí que de todas las cosas que me pude haber rodeado, lo hice de mierda.
La muerte me cuestionó primero por la importancia de mis actos, aunque debí haberla cuestionado desde un principio para escrutar y desentrañar cuáles cosas verdaderamente convenían, como escuchar un concierto de Beethoven mientras miraba la pintura del casi ciego que por un ojo no ve los colores pero por el otro sí, por eso sus pinturas tienen sólo unos pocos elementos coloridos, lo demás es todo blanco y negro con sus diferentes tonos de gris. Eso interesa, pero sólo en momentos, porque en otros era completamente absurdo y por eso ahora me pregunto si la muerte tiene el mismo peso sobre una porción de tiempo que sobre otra, y me doy cuenta de que no estoy del todo seguro.
Él murió y nunca platicó con su muerte, no el pintor, sino mi amigo. Lo sé porque me lo dijo: “Más vale olvidar la muerte y vivir la vida completita hasta que termine por medios inevitables sin dudar jamás de lo que se hace en el presente, porque si algo se hace es porque hay razón suficiente para que se esté haciendo.” Yo no le quise creer, sería como aceptar que las cosas existen y no existen a la vez. Lo que es, es; lo que no es, no es. Y así de simple pero complicada es la cosa, porque como vivimos, moriremos; como moriremos, vivimos.
No fue un destello de sabiduría, tuve que batallar contra mi propia razón, mis creencias más profundas y demás misterios abstractos que yacen, pesados, en mi mente, para llegar a la conclusión final, ésa que me dice que aquí, a mí alrededor, no hay otra cosa más que mierda, y que yo me obligaba a verla como oro, sin necesidad de alquimista alguno, mis ojos actúaban como un filtro y llevaban a cabo la transformación. La magía que durante tantos años buscaron antiguamente se hallaba ahí, en la interpretación.
O.

1 Comments:
He de decirte que comencé a leerte porque un amigo tuyo te hizo promoción. Es un placer leerte, estoy de acuerdo que hay que disfrutar el momento sin querer precipitar el final.
A mí me pasa lo contrario tu ejemplo de la lectura. Cuando un texto está bien escrito, cuando logra hacerme disfrutar con su sintaxis, su puntuación, su coherencia, con las palabras que escogio y como jugo con ellas es que quiero leer más, no por llegar al final (que implicaría el final del placer) sino justo por alargarlo. Así me pasa con lo demás, quiero más y más, no por el fin, sino por gozo
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