La razón que me llevó al table-dance
Capítulo 2: De cómo obtuve mi conocimiento.
Era Martes y la pareja de mi hermana esperaba en la sala; yo, intentando no saludar a esa sabandija apestosa e insípida(tan sensato yo evitando a esos sofístas modernos), me escondí detrás de la pared que nos separaba, yo iba en el pasillo que da a la cocina, y antes de que entrara aquella con aquél, le pedí que cerrara la puerta. Entonces pude pasar cómodamente por mi cafesito, y mientras iba de regreso a mi recinto espiritual, los escuché decir algo sobre por qué el imbécil no había venido el día anterior, ignoré su importancia y seguí mi camino.
Más tarde, el mismo día, llegó la mujer astral con que soñaba diariamente, la saludé y pasamos a donde se encontraba la repugnada pareja de idiotas. Fue fácil evadirlos, un saludo por aquí, una palabra por allá, luego de un minuto de exhaustiva conversación banal tuvimos el inmenso privilegio de poder escapar. La llevé al recinto y le pedí se acostara en mi diván. Le pregunté sobre lo que hizo el día anterior, el por qué de su llegada tarde a la consulta de las cinco y otras cosas de poca importancia.
Tenía sed, ella, no yo. Me lo dijo y le pedí siguiera acostada mientras yo le traía un refrescante vaso con agua. Contestó que ella podía hacerlo, que la esperara allí sentado, recalcó que si me movía de lugar no me daría el trato especial que llevaba ya tres días esperando. Se levantó y dejó su bolso, mientras salía no pude evitar ver su fino trasero, y esa visión en la ausencia de tiempo se vió interrumpida por mi sorpresa cuando su nalga izquierda parecía más un rectángulo que el semicírculo precioso que tanto me encanta golpear(levemente, claro).
Por qué no dejas aquí tu celular, le pregunté. Porque mi mamá dijo que tal vez me hablaba, articuló. Y yo me quedé allí sentado, esperándola. Bueno, me dije, no creo que se lo lleve para esconderme algo. Pero mi pensamiento se vio inmensamente frustrado cuando a lo lejos, en la escalera, escuché cómo su nalga rectangular emitía un sonido, alertándola de que un mensaje de texto se encontraba a la espera de su inevitable lectura. Quién será, ese fue el camino que tomó mi pensamiento, y la imaginación, a falta de una no-imaginación, fue dibujándola con quienes yo tanto miedo tenía que ella estuviera. Mi primo le pasaba la mano por los senos mientras de las caderas la arrastraba hacia él con una fuerza tremenda, y que ella gozaba porque sonreía con un matiz de placer, como diciendo que sí con una mueca de: Te voy a hacer garras, corazón. Luego de poco la cara del pariente se fue transformando en la de mi padre, ya lo veía con ella encima, y la otra brincando de felicidad, no podía soportar esa imagen. Cuando lo metafísico del asunto pasó a ser fisiológico, cuando mis puños se cerraron y la frente se fruncía involuntariamente, ella regresó.
Préstame tu celular, dije imperativamente. Lo tenía en mis manos, y ella allí acostada en el diván, no podía ver lo que yo veía. Busqué el mensaje, pero no lo encontré. El último tenía la fecha del día anterior y era mío, decía: ¿Ya vienes en camino?; sin embargo, no hubo respuesta, porque dos minutos después ella ya había llegado. Tarde, sí, pero aquí estaba.
No dije nada, lo tomé como una de sus tonterías, pero esa imaginación mía pasaba ahora a uno de mis tíos. Los sentidos me golpearon con la realidad, le aventé el celular, apuntando al estómago. Asocia, cabrona, ya sabes lo que se hace aquí, No me hables así, cabrón tú. Me levanté y convertí la sesión en sex-ión. Era tan difícil hacerla pasar de esa seriedad tan suya a ese juguetear tan mío.
Entrada la noche se fue, y yo, en calzones fui a la cocina y me topé con la consanguínea. Tu vieja te engaña con mi novio, se atrevió a decirme. Cómo sabes, le pregunté. Los vi besándose en el mismo lugar donde estás ahora parado hace unas horas. Ya no sentía enojo, de hecho, me sentí satisfecho de que al fin me podría deshacer de sus estupideces. Me serví el café que buscaba para acto seguido irme a la cama con alguno de mis libros. Sentí que no podría dormir en toda la noche, así que me vestí y llamé al ejército de amigos libertinos que tanta repugnancia les tenía(yo tan bueno que buscaba ser un virtuoso en la fidelidad).
Media hora después habíamos llegado, el exquisito menú daba para días enteros de experimentación tántrica con una pizca de olvido de la realidad.
Al día siguiente ella me notaba más feliz, yo no dije nada. Días después fue la boda, creo que ella nunca se enteró de mis extravagancias ni del fuerte olor a sexo que salía del recinto espiritual. Todas sus amigas hacían fila para conseguir una cita con este respetado psicólogo, tenía a su prima a las nueve de la mañana, a las diez venían sus amigas lesbianas a una sesión en grupo y así sucesivamente hasta las ocho de la noche. Me sentía el emperador de alguna dinastía china, el vigor sólo fue en aumento y con el último café del día me alcanzaba para satisfacer lo que el otro nunca podía terminar.
Fin.
Autor Anónimo.

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