Monday, January 15, 2007

Rastro sobre rastro

Cuando todos los hombres murieron -y el tiempo se volvio loco-, una inmensa hormiga -porque ya el espacio no era medido por ellos y ésta era tan enorme como pequeña- caminaba -con sus innumerables patas- por encima de un libro que se había quedado tirado sobre alguna superficie profunda -epidérmica-.

La infinitamente grande y perdida sacó su larguísima lengua para probar el libro -tan pequeño que casi no lo podía percibir- y le gustó su sabor. Llamó a sus amigas(un grupo interminable -porque no sabemos en qué planeta sucedió, sucede o sucederá-) para que le ayudaran a destruir y llevar en pedacitos el delicioso bookie que había encontrado.

Una de las primeras que llegó -supuestamente era muy sabia- dijo que no debían destruir el libro porque era el único rastro que los hombres habían dejado -lo convertirían, dijo, en monumento-. Ninguna le hizo caso, y palabra por palabra y letra por letra fueron despedazando las hojas.

En el momento que llevaron los pedazos a su guarida, organizaron las oraciones, letras y palabras en maneras que ningún hombre sería capaz de leer -ya que carecería del lenguaje para comprenderlo-. Algo lo desenterró, las hormigas no supieron qué fue -pero habían encontrado el único rastro que ellas habían dejado-; y nunca lo supieron.

Entonces se supo que el libro era realmente la raíz de un árbol -y también que no lo era-.

O.

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